
Death Stranding está siendo mi sorpresa del año. Su universo con los límites quebrados entre la vida y la muerte son un ejemplo de worldbuilding espectacular. Nos regala personajes y situaciones tan desgarradoras como originales. Ya hablamos del personaje de Mama. Y hoy nos toca reflexionar sobre otro gran protagonista: Heartman. No nos adentraremos en spoilers de la trama general, ni iremos más allá de la primera visita al laboratorio de este científico, aunque hay que tener en cuenta que esta ocurre con el juego bastante avanzado, preaviso para los que quieran enfrentar el título de forma virginal.

Heartman es el principal científico de Bridges, la organización a la que sirve Sam Porter: protagonista del juego y encargado de llevar paquetes de un lado a otro en estos devastados Estados Unidos. En un apocalipsis que se comprende poco y mal, la investigación se vuelve un pilar fundamental. A través de transmisiones, Heartman nos va dando las pocas migajas conocidas para ir descifrando el enigma: parece que la frontera entre los vivos y los muertos se ha difuminado tras la inexplicable explosión del Death Stranding.
Como Heartman dice, la muerte se ha convertido en un tema científico, allí donde antes solo era filosófico o religioso. Esto convierte a su personaje una pieza fundamental en la construcción del lore, y a través de sus mensajes y su voz (y algunos hologramas), comenzamos a comprender qué se cuece en este extraño universo que es un misterio a desvelar con cada paso. Sin embargo, su papel de informante se torna un drama humano cuando nos lo encontramos en persona por primera vez en su laboratorio.

En este momento descubrimos su peculiar existencia: Heartman sufre un infarto cada 21 minutos, y tras tres en el otro lado vuelve a la vida, en un ciclo repetitivo. Su vida se reduce a acciones y vivencias que se pueden contener en ese corto espacio de tiempo. Todo empezó mientras era operado de una cordiformia miocárdica: una deformación que hacía que su corazón tuviera, literalmente, forma de corazón, tal cual lo dibujamos de forma romántica en un papel. Lejos de su disposición anatómica funcional, requería cirugía para ser corregido.
Pero una complicación en la operación hizo que estuviera 21 minutos clínicamente muerto, antes de lograr ser reanimado. En el mundo real, sus vivencias en ese lapso de tiempo se podrían catalogar simplemente de una experiencia extrasensorial. Pero en el universo del Death Stranding donde la vida y la muerte se abrazan, significa que ni está vivo ni está muerto, sino condenado a un bucle de tránsito eterno.

Esta magnífica idea (y magistralmente explicada a través de la construcción de mundo) solo podía ser obra de Kojima. El drama del personaje se eleva aún más cuando Heartman se empeña en utilizar esos ciclos de tres minutos en el limbo para buscar a su familia fallecida. Su existencia se reduce a esas minibúsquedas de 180 segundos con el objetivo de reencontrarse con sus seres queridos perdidos.
Desde el principio de juego, la historia parece ofrecernos a Heartman bajo el cliché de científico enajenado. Pero tras este encuentro, su humanidad se vuelve devastadora (fantásticamente plasmada con la interpretación del director danés Nicolas Winding Refn y una espectacular captura de movimiento bien blindada por el motor gráfico Decima). El doblaje de Juan Sainz de la Maza, actor de voz de Joe en la serie You, también aporta ese halo de misterio que sin duda asociamos al protagonista de este suspense psicológico.

Lo que parecía un personaje secundario, se convierte en una brutal demostración de cómo crear un universo inédito, original, para luego poblarlo de seres y vivencias espectaculares, que no podrían encontrarse en ningún otro lugar, pero que se sienten extremadamente reales gracias a haber definido el marco y las reglas de forma concreta y exacta. Heartman no podría haber existido sin ese nuevo Big Bang llamado Death Stranding, pero su existencia concuerda estrictamente con sus reglas. Y así es como esta brillante historia llega a nuestras pantallas para regalarnos otro personaje, sencillamente, asombroso.
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